Nieve blanca. Blanca e impetuosa. Que
se acomodaba en sus hombros dándole una sensación ligera de
pesadez. La noche hacía tiempo que había caído, y en los cristales
empañados de las ventanas, tres sombras comenzaron a encender un
foco de luz.
Vela de cera morada, aroma a frambuesas
deshidratadas, olor sulfúrico en el ambiente.
Y los tres jóvenes, de tallas casi
simétricas empiezaban a juntar sus manos sobre esta. Se resisten, en
un primer momento, pero se dejan llevar por su fiebre adolescente.
Que les arremetía como el oleaje va desgastando un acantilado, hasta
comerse cada trozo de piedra.
¿Se consumirían ellos también?
El
cielo ya se había vuelto oscuro y pálido, sin estrellas que lo
adornen, y él miraba con recelo a su alrededor, denotando que todo
el mundo le observa. No tenía lugar de origen. Solo un enfermo
corazón lleno de mentiras, lleno de trájicos sucesos. Cada día en
ese infierno, era un día que no podía disfrutar en el mundo
exterior. Cada día en aquel reformatorio.
Cada
día que no podía besar sus labios color carne claro, cada día que
no podía sentir sus abrazos en la espalda y el pecho. Cada segundo
en el que su corazón se aceleraba con una dosis mortal de
adrenalina.
A
cada segundo moría al verle y resucitaba con el mismo esplendor. A
cada segundo era víctima y traidor.
Memoria I
Los
ojos temblorosos del león
Adrián
tenía 16 años y un oscuro pasado, como todos los estudiantes de
aquel orfanato en la sierra de una montaña cualquiera. Un chico
solitario, que prefería utilizar constantemente sus cascos para
escuchar música y evadirse el mundo. Cuando alguien pasaba a su
lado, podían escucharse desde fuera todos los sonidos de cuerda y
percusión que allí sonaban. Sin embargo, una guitarra eléctrica y
una batería entraban también dentro de esos cánones músicales.
Adrián
escuchaba principalmente géneros como el rock, el metal, el death
metal y todo ese submundo músical en el que solo unos pocos adictos
a la música dura podrían permanecer sin empezar a sudar y temblar.
Paseaba
por uno de los pequeños paseos del instituto, un jardín botánico
con un camino pequeño. En el techo unas enreaderas hacían sombra y
había pequeñas columnas de arte jónico a los lados cada pocos
metros. Utilizaba su reproductor de música que transmitía las ondas
de sonido alterado de una guitarra haciéndo virguerías en el aire,
las notas se aceleraban al mismo ritmo que lo hacían los latidos de
su corazón. Una de las grandes desventajas conocidas y por conocer
del uso de los cascos es, será y fué la causa de que Adrián, se
topase con una chica de expresión un tanto arisca, pero con uno
rostro nevado y frío, que evocaba a una belleza gótica y cargada.
Su
pelo, era largo y negro. Un río negro de cauce infinito.
Una
chica no mucho más baja que él, con la mirada perdida y con los
brazos delgados, casi enfermos, le miró con algo de rabia y se
esgrimió en aquel rostro de belleza etérea una sonrisa de
intranquilidad. De nerviosismo.
Ambos
chicos chocaron y Adrián calló de espalda al suelo despues del
golpe, una caida amortiguada por su trasero. El dolor recorrió en
una fracción de segundo el mismo recorrido que lo había hecho el
flechazo de amor hacia la chica que le había empujado.
La
joven arqueó una ceja con desgana, y le tendió la mano. Aquella
expresión de evasión e indiferencia se había ido para siempre. En
un viaje del que nunca regresaría.
Extendió
los dedos y sonrió, agachando la espalda un poco con dificultad.
-"No
entiendo cómo ha podido tirarme esta chica al suelo..." – Pensó
mientras apretaba su mano contra la suya. -"No parece pesar
mucho más de treinta y cinco kilos" -El tacto era frío. De no
ser por su amplia sonrisa, hubiera pensado que la chica era un muerto
viviente, como los de las películas de terror malas que echaban en
el canal numero veinticuatro de la televisión por monedas de su
habitación. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo cual
flechazo y dolor, pero quizá algo más despacio. Se levantó por su
propia cuenta, pero sin dejar de soltar aquella conexión entre ellos
que eran las manos.
-Soy
Lucía. -Dijo mirando coaccionada aquél vínculo entre ambos. No
tenía la menor intención de soltar aquellas manos, que tanto calor
le habían ofrecido. -Pero llámame Lucy, así lo han hecho siempre.
Adrián
parecía estar ausente. Fuera de la conversación. Solo se dedicó a
mirarla intranquilo, a observar cada pequeña mota blanca en su
rostro níveo y despreocupado. A usurpar cada centilitro de esencial
emocional que desprendía su mirada. Sus ojos parecían ejercer una
atracción que ni la constante de gravitación universal podía
detener.
En
un segundo, el chico desplazó la mano izquierda hacia el brazo
derecho de la chica, y fue levantando poco a poco la manga de su
sudadera morado oscuro. Ella no se resistió.
Sin
embargo, los pequeños surcos grabados bajo la piel que Adrián
pretendía encontrar no se hallaban. Ni una sola marca que se
diferenciase del color de esta, un blanco fuerte y duro, aún humano
si cabe.
Prosiguió
mirándole los ojos, pero ya no de aquel modo tan ídilico y
pastoril, sino más superficialmente. Tenía un par de amplias ojeras
y algunas y pequeñas manchas blanquecinas bajo los párpados
inferiores, pero no eran las que el pretendía encontrar. Siguió con
su inspección colocando una mano en su pecho, cuando la chica se
separó de inmediato con un calambre nervioso.
-¿Qué
estás haciendo, dejenerado? - Le gritó. Volvió a colocar la manga
en su posición inicial. Ahora estaba un poco extendida de más por
haberla arremangado hasta el codo. Soltó las manos del vínculo y
trató de dar un ligero paso hacia la derecha, para evitar a Adrián
y proseguir con su camino a ninguna parte.
Un
centimetro, un segundo. Si hubiesen pasado, la mano del Adrián no
hubiera encontrado la de Lucy y nunca se hubieran vuelto a juntar. A
fusionar como una única extremidad de sentimiento.
-¡Suéltame!
-¿O
qué? - Respondió el chico con tono burlón, casi rozando lo
satírico.
La
chica de finos brazos y piernas de supermodelo anorexica arremetió
contra Adrián. Primero soltó forzadamente aquella conexión tan
vainilla que habían tenido momentos atrás y después procedió a
golpear en el rostro con el puño a Adrián.
El
chico le frenó ambos brazos con aquellas manos cálidas, no parecía
costarle mucho hacer el esfuerzo para pararla.
Tenía
todo baja control, dominaba en la situación y sin saber por qué se
sentía a gusto. No estaba dentro de su personalidad el pelearse con
chicas que recién había conocido, pero se replanteba el convertirlo
en su hobby. Almenos... si era con Lucy.
La
chica volvió a escrimir aquella sonrisa de poderío en su rostro,
sientiendo que verdaderamente era ella y no él quien dominaba en
aquella situación tan tensa.
-Para
tu información, criajo. - Le dijo en tono despectivo. -Ni soy una
punk emo-depresiva, ni me drogo ni soy anorexica. Supongo que
pensaste en todo ello al verme...
-¿A
quién llamas criajo? - Espetó el. -¡Tengo probablemente más años
que tú! ¿Y qué hay de malo en preocuparme por tí?
-Solo
eres la misma mierda que todos, pero con diferente envoltorio... -
Respondió apartando los brazos y dejando de tratar de hacer fuerza
contra el chico.
-Pero
me gustas. - Dijo Adrián.
-Y
a mi me gusta Ian Somerhalder y aquí me tienes. ¿Qué quieres que
le haga?
-Lo
digo en serio... - Respondió. Un leve centelleo relució en sus
ojos, como una barra de incienso que se iba agotando poco a poco, sin
soltar ya aquel humo blanco.
Lucy
agarró al joven Adrián por la espalda y comenzó a bajar
ralentizadamente la mano cada vez más al sur. Colocó su mano
izquierda, aún más fría sobre su barbilla y giró algo la cabeza.
Un primer contacto entre sus labios dejó un rastro de nieve en la
punta de la nariz del chico, que había quedado descubierta. Un
contacto rápido entre dos labios, solo son átomos chocando contra
otros átomos. ¡Pero qué atomos!
Su
mano se extendió por toda su espalda. Y los pequeños cristales de
agua redujeron su variación de temperatura al entrar en contacto con
las ardientes lágrimas del aquel niño, herido y torturado.
La
vista de los jóvenes, abrazados entre los árcos jónicos y las
enredaderas congeladas formaban un cuadro de lo más grotesco para un
observador de la imagen.
-Leo.
- Dijo una voz que apareció de entre los arbustos, avanzaba con
cuidado mientras las ramas crujían.
-Dime.
- Leo se acurrucó en el suelo. Las piedras se le clavaron en la
espalda y le transmitieron frío a las costillas.
-¿Por
qué lloras? - Contestó la voz, que ponía su mano en el hombro de
este chico de pleo rubio aúreo y reluciente que gemía en el suelo,
abrazándose con ambas manos.
-No
es nada. -Contestó anímico.
-Si
es por esa chica, creo que no estaba interesada en tí, de veras.
Todo el mundo en el reformatorio dice que es un bicho raro y que
pronto cumplirá los dieciocho y se irá. No te hagas ilusiones.
-Información
innecesaria. - Respondió el joven, de pequeña estatura, pero sin
seguir diferenciándose tanto de la altura de la pareja helada. -Te
he pedido que te vayas. No lo hagas más pedante.
-Ten
cuidado. -Respondió su compañero. -Y vuelve pronto o cojerás un
resfriado.
-Dan...
-¡Ya
me voy! ¡Quejica!
Apretó
los puños contra su espalda. Y comenzó a sollozar mientras los
copos de nieve se apilaban su cara, como si de una roca se tratase.
Cuando llevaban depositados un rato se iban derritiendo en contacto
con su piel aún caliente.
Giró
y comenzó a mirar al cielo con los ojos entreabiertos. La nieve caía
incesante sobre toda la sierra y le hacía parecer tan pequeño...
Tan insignificante...
-Algún
día... - Pronunció con los finos labios cortándosele mientras
exhalaba vapor. -Algún día tendré el valor de no temer. De mirarte
y no temblar.
-"Te
quiero, Adrián" – Y los pensamientos de Leo se perdieron en
el cielo goteante, que como estalagtitas que caían sobre su cabeza
desprotegida, se iba enterrando poco a poco en la gran masa de agua
congelada.
Pasaron
las horas y nadie parecía encontrar a Leo. Se organizaron algunas
patruyas de búsqueda de no más de tres miembros para buscarle por
las inmedicaciones, mientras unos pocos alumnos buscaban dentro de la
residencia.
-Mira,
Adrián. -Dijo Lucy. Su mano caía gracilmente, amarrada a la del
chico. Como una parábola negativa en un gráfico de numeros enteros.
-¿Puede ser que allí...? - Dejo incompleta la frase cuando Adrián
soltó su mano. El frío volvió a invadirla en solo un par de
milésimas de segundo.
-¡Leo!
- Gritaba mientras corría a unos arbustos de no mucha altura entre
los que se observaba una siluenta semi-enterrada por la nieve. -¿Leo,
eres tú?
Movió
al joven de un lado a otro, pero no se movía ni un centímetro, tan
solo los envites de Adrián hicieron que se moviese un poco, pero no
era suficiente.
-Adrián,
tenemos que llevarle a la enfermería. - Sugirió Lucy. Ya había
llegado y tenía una mano sobre el pecho, pese a no conocer a Leo
parecía preocupada.
El
chico asintió y cargó con el joven rubio, cuyos cabellos recordaban
a un helado de limón con nata. El hielo se adheria a su pelo y lo
hacía más vívido. Más inocente.
Leo
no debía pesar mucho, por lo que Adrián pudo llevarlo a cuestas
hasta le enfermería. Quedó extenuado nada mas colocarlo boca arriba
en la camilla y comenzar a retirar la nieve de su rostro infantil.
La
enfermera, alta y gorda como una foca ártica, expulsó a Adrián y
Lucy de la habitación mientras trataban de hacer que Leo recuperase
temperatura.
-¿Quién
es ese chico? - Dijo la chica y cerró la puerta de la habitación.
Se colocaba entre otras varias salas uniformes e iguales, por lo que
pensó en recordar el número que tenía esa.
-Es
amigo mío desde que entré aquí, en el reformatorio. Fue una de las
pocas personas que se abrió a mí al principio. - Respondió. -¿A
qué viene eso?
-Su
cara me suena... Y ahora me acuerdo mejor. Aunque puede que todo se
trate de una simple coincidencia. - Rió un poco. Sinceramente no
pretendía poner aún más nervioso a Adrián. -Ese chico... te sigue
desde hace mucho tiempo.
-Claro...
es mi amigo... - Adrián respondió extrañado. Se cruzó de brazos y
apoyó un pié en la pared del pasillo. ¿No insinuarás que...? - La
miró y la interrumpió antes de que siquiera ella pudiera responder.
-¡No,no y no! ¡Vale... puede que sea un chico algo rarito y
blando... pero de ahí a que esté obsesionado conmigo hay un trecho
muy grande!
-Tampoco
me refería eso. - Lucy agachó la cabeza. No soportaba tener que dar
tantas explicaciones por un dato meramente anecdótico. -Lo has
puesto de obseso para arriba... Y solo me refería a que quizás él
esté interesado en tí... en otro aspecto. ¿Me entiendes?
-Te
entiendo. - Dijo Adrián. -Pero no entiendo en qué te basas para
decir eso. Hasta hace poco Leo estuvo colado por una chica de su
clase.
-¿Le
impide acaso eso estar detrás de tí?
-Lucy...
solo dices eso porque estás celosa...
-¿Celosa?
- Preguntó indignada y con un tono diferente al que solía utilizar.
¡Adrián, te recuerdo que has sido tú el que me ha pedido que salga
contigo después de conocernos de una hora?
-¿Quién
ha sido la que me ha besado a traición?
-¡Piérdete!
- Exclamó mientras se giraba. Volvió a hacerlo para decir algo
antes de irse. -¡Cuando dejes ese egoismo tuyo ven a verme a mi
habitación y lo hablamos!
-¡Pues
vale! - Le reprochó. -¡Además, no sé que número es! - Gritó
mientras veía a la chica doblar la esquina hacia las salas de
espera, desapareciendo.
-¡Búscala,
niñato! - Se oía aún desde el final del pasillo contiguo.
-"Esta
chica me saca de mis casillas" – Se dijo Adrián mientras
escurría la espalda por la pared hasta caer al suelo. Esta vez dolió
menos que la vez en la que se chocó con Lucy, pero el dolor aún
estaba un poco presente, así que esgrimió una pequeña mueca de
dolor.
-"Este
chico es rematadamente idiota..." - Pensó Lucy antes de salir
por la puerta de la enfermería. Cuando la puerta automática se
abrió, volvió sobre sus pasos pensante. Dudando sobre cualquiera de
los pasos que a continuación daría.
Cuando
llegó, se encontró a Adrián, en el suelo. Mirando a la nada como
cuando esuchaba su música metálica.
Se
sentó a su lado y apoyó la cabeza en el hueco que formaba su
hombro. Se acurrucó junto a él.
-Sé
en qué estás pensando, Adrián. - Le dijo Lucy. - Y no, no voy a
irme.
Sus
labios se colocaron frente a los suyos y ella sonrió.
-Vamos,
bésame. - Le dijo al chico. -No esperes que sea yo siempre la que de
el primer paso.
Adrián
levantó la mirada, y aún con lágrimas en los ojos profundizó en
los labios de la chica, que cerró sus ojos. Dejando caer un par de
gotas de sentimiento más.
Los
abrió al notar el sonido de una puerta abriéndose.
Y,
pese a todas sus conjeturas y deseos. Quién se sencontraba bajo las
esquinas de madera de la sala no era aquella enfermera de más de
cincuenta años de edad y unos kilos de más. Si no la sombra de un
Leo malherido, pálido como un cadáver bajo la nieve y abrigado con
una bata de piel gruesa.
-A...Adrián...
- Balbuceó.
El
chico se separó de Lucy y abrazó al joven aúreo. Entonces los ríos
de lágrimas brotaron de los tres adolescentes rebeldes y
sentimentales. Dejándo únicamente que el aroma de una vela de
frambuesa deshidratada hablase por ellos.
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