martes, 19 de marzo de 2013

Memoria 1. Los ojos temblorosos del león


Nieve blanca. Blanca e impetuosa. Que se acomodaba en sus hombros dándole una sensación ligera de pesadez. La noche hacía tiempo que había caído, y en los cristales empañados de las ventanas, tres sombras comenzaron a encender un foco de luz.
Vela de cera morada, aroma a frambuesas deshidratadas, olor sulfúrico en el ambiente.
Y los tres jóvenes, de tallas casi simétricas empiezaban a juntar sus manos sobre esta. Se resisten, en un primer momento, pero se dejan llevar por su fiebre adolescente. Que les arremetía como el oleaje va desgastando un acantilado, hasta comerse cada trozo de piedra.
¿Se consumirían ellos también?

El cielo ya se había vuelto oscuro y pálido, sin estrellas que lo adornen, y él miraba con recelo a su alrededor, denotando que todo el mundo le observa. No tenía lugar de origen. Solo un enfermo corazón lleno de mentiras, lleno de trájicos sucesos. Cada día en ese infierno, era un día que no podía disfrutar en el mundo exterior. Cada día en aquel reformatorio.
Cada día que no podía besar sus labios color carne claro, cada día que no podía sentir sus abrazos en la espalda y el pecho. Cada segundo en el que su corazón se aceleraba con una dosis mortal de adrenalina.
A cada segundo moría al verle y resucitaba con el mismo esplendor. A cada segundo era víctima y traidor.

Memoria I
Los ojos temblorosos del león

Adrián tenía 16 años y un oscuro pasado, como todos los estudiantes de aquel orfanato en la sierra de una montaña cualquiera. Un chico solitario, que prefería utilizar constantemente sus cascos para escuchar música y evadirse el mundo. Cuando alguien pasaba a su lado, podían escucharse desde fuera todos los sonidos de cuerda y percusión que allí sonaban. Sin embargo, una guitarra eléctrica y una batería entraban también dentro de esos cánones músicales.
Adrián escuchaba principalmente géneros como el rock, el metal, el death metal y todo ese submundo músical en el que solo unos pocos adictos a la música dura podrían permanecer sin empezar a sudar y temblar.

Paseaba por uno de los pequeños paseos del instituto, un jardín botánico con un camino pequeño. En el techo unas enreaderas hacían sombra y había pequeñas columnas de arte jónico a los lados cada pocos metros. Utilizaba su reproductor de música que transmitía las ondas de sonido alterado de una guitarra haciéndo virguerías en el aire, las notas se aceleraban al mismo ritmo que lo hacían los latidos de su corazón. Una de las grandes desventajas conocidas y por conocer del uso de los cascos es, será y fué la causa de que Adrián, se topase con una chica de expresión un tanto arisca, pero con uno rostro nevado y frío, que evocaba a una belleza gótica y cargada.
Su pelo, era largo y negro. Un río negro de cauce infinito.

Una chica no mucho más baja que él, con la mirada perdida y con los brazos delgados, casi enfermos, le miró con algo de rabia y se esgrimió en aquel rostro de belleza etérea una sonrisa de intranquilidad. De nerviosismo.
Ambos chicos chocaron y Adrián calló de espalda al suelo despues del golpe, una caida amortiguada por su trasero. El dolor recorrió en una fracción de segundo el mismo recorrido que lo había hecho el flechazo de amor hacia la chica que le había empujado.

La joven arqueó una ceja con desgana, y le tendió la mano. Aquella expresión de evasión e indiferencia se había ido para siempre. En un viaje del que nunca regresaría.
Extendió los dedos y sonrió, agachando la espalda un poco con dificultad.

-"No entiendo cómo ha podido tirarme esta chica al suelo..." – Pensó mientras apretaba su mano contra la suya. -"No parece pesar mucho más de treinta y cinco kilos" -El tacto era frío. De no ser por su amplia sonrisa, hubiera pensado que la chica era un muerto viviente, como los de las películas de terror malas que echaban en el canal numero veinticuatro de la televisión por monedas de su habitación. Un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo cual flechazo y dolor, pero quizá algo más despacio. Se levantó por su propia cuenta, pero sin dejar de soltar aquella conexión entre ellos que eran las manos.

-Soy Lucía. -Dijo mirando coaccionada aquél vínculo entre ambos. No tenía la menor intención de soltar aquellas manos, que tanto calor le habían ofrecido. -Pero llámame Lucy, así lo han hecho siempre.

Adrián parecía estar ausente. Fuera de la conversación. Solo se dedicó a mirarla intranquilo, a observar cada pequeña mota blanca en su rostro níveo y despreocupado. A usurpar cada centilitro de esencial emocional que desprendía su mirada. Sus ojos parecían ejercer una atracción que ni la constante de gravitación universal podía detener.
En un segundo, el chico desplazó la mano izquierda hacia el brazo derecho de la chica, y fue levantando poco a poco la manga de su sudadera morado oscuro. Ella no se resistió.
Sin embargo, los pequeños surcos grabados bajo la piel que Adrián pretendía encontrar no se hallaban. Ni una sola marca que se diferenciase del color de esta, un blanco fuerte y duro, aún humano si cabe.
Prosiguió mirándole los ojos, pero ya no de aquel modo tan ídilico y pastoril, sino más superficialmente. Tenía un par de amplias ojeras y algunas y pequeñas manchas blanquecinas bajo los párpados inferiores, pero no eran las que el pretendía encontrar. Siguió con su inspección colocando una mano en su pecho, cuando la chica se separó de inmediato con un calambre nervioso.

-¿Qué estás haciendo, dejenerado? - Le gritó. Volvió a colocar la manga en su posición inicial. Ahora estaba un poco extendida de más por haberla arremangado hasta el codo. Soltó las manos del vínculo y trató de dar un ligero paso hacia la derecha, para evitar a Adrián y proseguir con su camino a ninguna parte.

Un centimetro, un segundo. Si hubiesen pasado, la mano del Adrián no hubiera encontrado la de Lucy y nunca se hubieran vuelto a juntar. A fusionar como una única extremidad de sentimiento.

-¡Suéltame!

-¿O qué? - Respondió el chico con tono burlón, casi rozando lo satírico.

La chica de finos brazos y piernas de supermodelo anorexica arremetió contra Adrián. Primero soltó forzadamente aquella conexión tan vainilla que habían tenido momentos atrás y después procedió a golpear en el rostro con el puño a Adrián.
El chico le frenó ambos brazos con aquellas manos cálidas, no parecía costarle mucho hacer el esfuerzo para pararla.
Tenía todo baja control, dominaba en la situación y sin saber por qué se sentía a gusto. No estaba dentro de su personalidad el pelearse con chicas que recién había conocido, pero se replanteba el convertirlo en su hobby. Almenos... si era con Lucy.

La chica volvió a escrimir aquella sonrisa de poderío en su rostro, sientiendo que verdaderamente era ella y no él quien dominaba en aquella situación tan tensa.

-Para tu información, criajo. - Le dijo en tono despectivo. -Ni soy una punk emo-depresiva, ni me drogo ni soy anorexica. Supongo que pensaste en todo ello al verme...

-¿A quién llamas criajo? - Espetó el. -¡Tengo probablemente más años que tú! ¿Y qué hay de malo en preocuparme por tí?

-Solo eres la misma mierda que todos, pero con diferente envoltorio... - Respondió apartando los brazos y dejando de tratar de hacer fuerza contra el chico.

-Pero me gustas. - Dijo Adrián.

-Y a mi me gusta Ian Somerhalder y aquí me tienes. ¿Qué quieres que le haga?

-Lo digo en serio... - Respondió. Un leve centelleo relució en sus ojos, como una barra de incienso que se iba agotando poco a poco, sin soltar ya aquel humo blanco.

Lucy agarró al joven Adrián por la espalda y comenzó a bajar ralentizadamente la mano cada vez más al sur. Colocó su mano izquierda, aún más fría sobre su barbilla y giró algo la cabeza. Un primer contacto entre sus labios dejó un rastro de nieve en la punta de la nariz del chico, que había quedado descubierta. Un contacto rápido entre dos labios, solo son átomos chocando contra otros átomos. ¡Pero qué atomos!
Su mano se extendió por toda su espalda. Y los pequeños cristales de agua redujeron su variación de temperatura al entrar en contacto con las ardientes lágrimas del aquel niño, herido y torturado.

La vista de los jóvenes, abrazados entre los árcos jónicos y las enredaderas congeladas formaban un cuadro de lo más grotesco para un observador de la imagen.

-Leo. - Dijo una voz que apareció de entre los arbustos, avanzaba con cuidado mientras las ramas crujían.

-Dime. - Leo se acurrucó en el suelo. Las piedras se le clavaron en la espalda y le transmitieron frío a las costillas.

-¿Por qué lloras? - Contestó la voz, que ponía su mano en el hombro de este chico de pleo rubio aúreo y reluciente que gemía en el suelo, abrazándose con ambas manos.

-No es nada. -Contestó anímico.

-Si es por esa chica, creo que no estaba interesada en tí, de veras. Todo el mundo en el reformatorio dice que es un bicho raro y que pronto cumplirá los dieciocho y se irá. No te hagas ilusiones.

-Información innecesaria. - Respondió el joven, de pequeña estatura, pero sin seguir diferenciándose tanto de la altura de la pareja helada. -Te he pedido que te vayas. No lo hagas más pedante.

-Ten cuidado. -Respondió su compañero. -Y vuelve pronto o cojerás un resfriado.

-Dan...

-¡Ya me voy! ¡Quejica!

Apretó los puños contra su espalda. Y comenzó a sollozar mientras los copos de nieve se apilaban su cara, como si de una roca se tratase. Cuando llevaban depositados un rato se iban derritiendo en contacto con su piel aún caliente.
Giró y comenzó a mirar al cielo con los ojos entreabiertos. La nieve caía incesante sobre toda la sierra y le hacía parecer tan pequeño... Tan insignificante...

-Algún día... - Pronunció con los finos labios cortándosele mientras exhalaba vapor. -Algún día tendré el valor de no temer. De mirarte y no temblar.

-"Te quiero, Adrián" – Y los pensamientos de Leo se perdieron en el cielo goteante, que como estalagtitas que caían sobre su cabeza desprotegida, se iba enterrando poco a poco en la gran masa de agua congelada.

Pasaron las horas y nadie parecía encontrar a Leo. Se organizaron algunas patruyas de búsqueda de no más de tres miembros para buscarle por las inmedicaciones, mientras unos pocos alumnos buscaban dentro de la residencia.

-Mira, Adrián. -Dijo Lucy. Su mano caía gracilmente, amarrada a la del chico. Como una parábola negativa en un gráfico de numeros enteros. -¿Puede ser que allí...? - Dejo incompleta la frase cuando Adrián soltó su mano. El frío volvió a invadirla en solo un par de milésimas de segundo.

-¡Leo! - Gritaba mientras corría a unos arbustos de no mucha altura entre los que se observaba una siluenta semi-enterrada por la nieve. -¿Leo, eres tú?
Movió al joven de un lado a otro, pero no se movía ni un centímetro, tan solo los envites de Adrián hicieron que se moviese un poco, pero no era suficiente.

-Adrián, tenemos que llevarle a la enfermería. - Sugirió Lucy. Ya había llegado y tenía una mano sobre el pecho, pese a no conocer a Leo parecía preocupada.

El chico asintió y cargó con el joven rubio, cuyos cabellos recordaban a un helado de limón con nata. El hielo se adheria a su pelo y lo hacía más vívido. Más inocente.
Leo no debía pesar mucho, por lo que Adrián pudo llevarlo a cuestas hasta le enfermería. Quedó extenuado nada mas colocarlo boca arriba en la camilla y comenzar a retirar la nieve de su rostro infantil.
La enfermera, alta y gorda como una foca ártica, expulsó a Adrián y Lucy de la habitación mientras trataban de hacer que Leo recuperase temperatura.

-¿Quién es ese chico? - Dijo la chica y cerró la puerta de la habitación. Se colocaba entre otras varias salas uniformes e iguales, por lo que pensó en recordar el número que tenía esa.

-Es amigo mío desde que entré aquí, en el reformatorio. Fue una de las pocas personas que se abrió a mí al principio. - Respondió. -¿A qué viene eso?

-Su cara me suena... Y ahora me acuerdo mejor. Aunque puede que todo se trate de una simple coincidencia. - Rió un poco. Sinceramente no pretendía poner aún más nervioso a Adrián. -Ese chico... te sigue desde hace mucho tiempo.

-Claro... es mi amigo... - Adrián respondió extrañado. Se cruzó de brazos y apoyó un pié en la pared del pasillo. ¿No insinuarás que...? - La miró y la interrumpió antes de que siquiera ella pudiera responder. -¡No,no y no! ¡Vale... puede que sea un chico algo rarito y blando... pero de ahí a que esté obsesionado conmigo hay un trecho muy grande!

-Tampoco me refería eso. - Lucy agachó la cabeza. No soportaba tener que dar tantas explicaciones por un dato meramente anecdótico. -Lo has puesto de obseso para arriba... Y solo me refería a que quizás él esté interesado en tí... en otro aspecto. ¿Me entiendes?

-Te entiendo. - Dijo Adrián. -Pero no entiendo en qué te basas para decir eso. Hasta hace poco Leo estuvo colado por una chica de su clase.

-¿Le impide acaso eso estar detrás de tí?

-Lucy... solo dices eso porque estás celosa...

-¿Celosa? - Preguntó indignada y con un tono diferente al que solía utilizar. ¡Adrián, te recuerdo que has sido tú el que me ha pedido que salga contigo después de conocernos de una hora?

-¿Quién ha sido la que me ha besado a traición?

-¡Piérdete! - Exclamó mientras se giraba. Volvió a hacerlo para decir algo antes de irse. -¡Cuando dejes ese egoismo tuyo ven a verme a mi habitación y lo hablamos!

-¡Pues vale! - Le reprochó. -¡Además, no sé que número es! - Gritó mientras veía a la chica doblar la esquina hacia las salas de espera, desapareciendo.

-¡Búscala, niñato! - Se oía aún desde el final del pasillo contiguo.

-"Esta chica me saca de mis casillas" – Se dijo Adrián mientras escurría la espalda por la pared hasta caer al suelo. Esta vez dolió menos que la vez en la que se chocó con Lucy, pero el dolor aún estaba un poco presente, así que esgrimió una pequeña mueca de dolor.

-"Este chico es rematadamente idiota..." - Pensó Lucy antes de salir por la puerta de la enfermería. Cuando la puerta automática se abrió, volvió sobre sus pasos pensante. Dudando sobre cualquiera de los pasos que a continuación daría.
Cuando llegó, se encontró a Adrián, en el suelo. Mirando a la nada como cuando esuchaba su música metálica.
Se sentó a su lado y apoyó la cabeza en el hueco que formaba su hombro. Se acurrucó junto a él.

-Sé en qué estás pensando, Adrián. - Le dijo Lucy. - Y no, no voy a irme.

Sus labios se colocaron frente a los suyos y ella sonrió.

-Vamos, bésame. - Le dijo al chico. -No esperes que sea yo siempre la que de el primer paso.

Adrián levantó la mirada, y aún con lágrimas en los ojos profundizó en los labios de la chica, que cerró sus ojos. Dejando caer un par de gotas de sentimiento más.
Los abrió al notar el sonido de una puerta abriéndose.

Y, pese a todas sus conjeturas y deseos. Quién se sencontraba bajo las esquinas de madera de la sala no era aquella enfermera de más de cincuenta años de edad y unos kilos de más. Si no la sombra de un Leo malherido, pálido como un cadáver bajo la nieve y abrigado con una bata de piel gruesa.

-A...Adrián... - Balbuceó.

El chico se separó de Lucy y abrazó al joven aúreo. Entonces los ríos de lágrimas brotaron de los tres adolescentes rebeldes y sentimentales. Dejándo únicamente que el aroma de una vela de frambuesa deshidratada hablase por ellos.